Un espíritu para la democracia
La modernidad occidental tuvo dos hijos que han marcado la historia de los tres últimos siglos, no sólo en Occidente sino a lo largo y ancho del mundo. Por un lado, nacieron las ideologías políticas y sus utopías, que soñaban una sociedad justa de libres e iguales en la que todos fueran ciudadanos con derechos inalienables. Por el otro lado nació el capitalismo, un proyecto de prosperidad material, de desarrollo técnico y dominio de la naturaleza. Parece como si el siglo XX haya sido el siglo del triunfo del capitalismo y la derrota de las ideologías. Ha sido el siglo -nos han dicho- del fin de la historia.
Una historia que ya sabemos
Las ideologías empezaron su derrota cuando demostraron que traían lo contrario de lo que prometían. El liberalismo, el primer sueño moderno, un sueño de libertad respecto de cualquier tiranía política, económica, ideológica o religiosa, dividió la sociedad en dos clases enfrentadas. Cuando el socialismo lo denunció, el liberalismo, timorato y mediocre, se echó en manos de la barbarie nazi y fascista, que es en realidad su más radical negación. La libertad sin la igualdad acaba cayendo en el totalitarismo de derechas.
El socialismo, el sueño más bello de la modernidad, al querer corregir los defectos del sueño liberal enfrentándose a él, renunció a la libertad, y con ello cayó en la pesadilla estalinista. El socialismo es un sueño de igualdad, de cooperación y de realización de todos en una sociedad reconciliada y sin clases. Pero cuando la igualdad se construye prescindiendo de la libertad, acaba cayendo en el totalitarismo de izquierdas, que es simple y llanamente la negación del socialismo.
Un espíritu para la democracia
