Crónica de unos días con Nelson Mandela (y 3)

Pasaban los días entre el cúmulo de emociones propias de quien sabe está haciendo un viaje excepcional. De hecho, gastaba una buena parte de mi tiempo confraternizando con Malenga y sus amigos, que intentaban llevar una vida lo más parecida posible a la de la mayoría de jóvenes del mundo occidental: estudio en la universidad entre semana, fiesta y ligue en los locales de moda de la ciudad los fines de semana. “Pachito tiene a Mary en el bote”, “pues Tanzino hay manera de que consiga llamarla atención de Samanta, que es la chica que le gusta”. “Malenga, ¿quién es este amigo tuyo tan exageradamente guapo?” “Es el hijo de Steve Biko, te lo presento”, “hola, ¿qué tal?”, “hola, encantado de conocerte”. Sin duda, en el contexto sudafricano ellos eran unos privilegiados, puesto que aquello que entre universitarios occidentales hubiese sido considerado de lo más normal, en aquel país que empezaba a ser emergente seguía estando restringido a una parte bastante reducida de la población negra, esto es, a una incipiente burguesía de color surgida en torno a la nueva clase dirigente del Estado y una pequeña parte del mundo empresarial.

Crónica de unos días con Nelson Mandela (y 3)

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