Del Federalismo (2)
Puesto que el federalismo parte de la consideración de cada ciudadano, con sus derechos inalienables, como el sujeto último e irreductible de la soberanía política, y puesto que los derechos de ciudadanía son, por definición, potencialmente universales, la lógica federal apunta hacia la constitución de una comunidad política única y universal, hacia un Estado de derecho global. Con esta idea acabábamos nuestra anterior columna, antes del verano. Así respondíamos a una pregunta clave: ¿cuál debe ser el alcance territorial de cada comunidad política? ¿Qué criterio tenemos para elegir cuales deben ser las fronteras de los Estados?
Sin embargo, como se comprenderá fácilmente, el Estado de derecho global no es tanto una “propuesta” política históricamente plausible, sino sólo un “ideal” político que debería servir como “idea reguladora” de la política internacional. La pregunta, pues, sigue por responder. ¿Qué respuesta nos ofrece la lógica federal si queremos pasar del plano de los ideales más o menos filosóficos al plano de las propuestas históricamente viables?
A nuestro entender, hay un criterio específicamente federal para dirimir la diferencia de valor entre una comunidad política u otra, entre una propuesta de frontera u otra. Reza así: tiene prioridad normativa aquella comunidad política mayor posible en cada momento histórico, dadas unas condiciones culturales, tecnológicas y económicas determinadas. ¿Cuál debe ser el alcance del Estado? España mejor que Catalunya, Europa mejor que España. Al mismo tiempo, por la misma lógica federal, este Estado mayor posible estará siempre condenado a ser lo más descentralizado posible, a ser pluricultural, plurilingüístico y plurinacional y, por lo tanto, a organizar su estructura territorial de acuerdo con estos principios.
Es este un criterio formal y no material. La Unión Europea es el horizonte necesario de todo federal no por el hecho de ser Europa, sino porque es la mayor comunidad política posible, para nosotros, en este momento histórico. El europeísmo, para un federal, no debe ser un nuevo tipo de nacionalismo, que sustituya el viejo nacionalismo de los siglos XIX y XX vinculado a l Estado-nación o a las naciones sin estado. El europeísmo es, hoy, el único camino históricamente viable para ser internacionalista, es decir, universalista.
Por esta misma lógica, no se puede luchar en nombre del “patriotismo constitucional” -otro nombre del federalismo- en contra del nacionalismo vasco o catalán en España, y practicar sistemáticamente el nacionalismo español en Europa. Lo hacía el gobierno del PP a cada rato. Puestos a elegir entre nacionalismos, los catalanes siempre preferiremos el catalán, aun en su versión independentista, que el español. Porque es el nuestro y, aún, por otra razón con valor moral: puestos a optar entre nacionalismos, mejor el más débil.
No se puede luchar en nombre del “patriotismo constitucional” -otro nombre del federalismo- en contra del nacionalismo vasco o catalán en España, y practicar sistemáticamente el nacionalismo español en Europa.
Sólo desde el federalismo se pueden superar los nacionalismos en España. Pero para ser legítimamente federal en España hay que ser también federal en Europa, lo cual significa estar dispuesto a disolver la soberanía española en una soberanía europea mayor.
En conclusión, la lección más bella de la lógica federal es que concibe de un modo radicalmente distinto a lo habitual el concepto de frontera. Para el federalismo, las fronteras de una comunidad política son siempre provisionales, siempre móviles, fronteras en estado de perpetuo desplazamiento. Porque mientras vivimos en una comunidad política particular, siempre hay el horizonte una comunidad política mayor a construir.